...El después
Después de ese mes de reflexión, vino la ruptura en serio. O quizás no tanto. Él sugirió que nos siguiéramos viendo: quería una relación pasional, pero sin compromiso; algo que me horrorizó y me pareció bastante fuera de lugar después de años de convivencia y de haber diseñado un futuro en común. Pensé que era bonito eso de las relaciones pasionales... pero no entre nosotros. ¿Cómo podría disfrutar de una relación meramente pasional con alguien que me coronó como la futura madre de sus hijos, que me llenó de recuerdos, que me cargó de futuro, de emociones y de sentido?
Simplemente, dije que no. Aun así,en el fondo creí que volvería. De vuelta a casa, pequeñita y esperanzada, miraba desde la calle la ventana del salón, esperando que él estuviera allí, esperándome, entre luces tenues y aromas conocidos. Suponía que una persona tan afectuosa y entregada como él, protagonista de una historia sincera como la nuestra, no dejaría de llamarme, de preocuparse por mis asuntos, de preguntarme qué tal el día, cómo has comido, necesitas agua, tienes que cuidar más la alimentación, te llevo a la estación, besitos de buenas noches.
Nada de eso hubo. La independiente de la pareja(léase yo) revisaba constantemente la pantalla del móvil; no hay llamadas perdidas, no tiene ningún mensaje. Aquel que no podría vivir sin mí, que durante años me llamaba tres y cinco veces al día, parecía desentenderse de mis cosas con la misma indiferencia con la que uno se desentiende del envoltorio de una bolsa de patatas fritas.
Así que tuve que ir asumiéndolo... Esos primeros días todavía mantenía en alto, ingenua, la apuesta de la reconciliación. La primera crisis vino a finales de octubre: vino a recoger todas sus cosas. Se había ido prácticamente con lo puesto y, hasta el momento, yo podía oler su ropa, allí estaban sus libros y hasta sus recibos de banco. Allí estaban todos los indicadores de que la ruptura había sido temporal; de hecho, de algún modo, él estaba allí. Ese día de octubre yo estaba de viaje; me encontré la casa desnuda, pobre, vacía... Como una posesa rellené los cajones, estiré mi ropa y mis peines y mis cremas, cambié su nombre en la agenda del teléfono, descolgué sus cuadros. Y vino el primer contacto serio con la realidad: no iba a volver, al menos a corto plazo.
Lo que ocurrió los meses siguientes es más difícil de relatar. En una primera etapa lo llamé varias veces, cómo estás, regular, yo también, esto me está afectando mucho, cuídate. Nada más. Alguna vez nos vimos para asuntos domésticos, y yo seguía cultivando mis fantasías de abrazos, esperando un "qué estamos haciendo", "no puedo seguir sin ti", "pero qué ciego estaba". Encontré más bien una actitud fría y chulesca, como auto-defensiva.
Luego vino un vaivén tipo ojos del Guadiana. Un viaje a Oriente le conmovió el espíritu; me echó de menos obsesivamente. Creí en una revolución interior (esa que, según él, le hacía falta), y, a la vuelta del viaje, me lancé a sus brazos sin pensarlo demasiado. Craso error. Hubo pasión, pero, de nuevo, me dice que eso es lo único que quiere.
Por supuesto, acabé entrando en mis cabales, al menos con la razón, y asumí que nuestra relación tenía tatuado un "the end" gigantesco. Empecé a asumir mi soledad, y a organizar mi vida (¡a estas alturas!) sin él.
Pero la cosa no era tan simple. A lo largo de estos meses, me declaró su amor... y su incapacidad para una vida estable conmigo, y me habló de crisis existenciales, y de treguas, y de su confianza en un "nosotros" que había sido demasiado bello como para echarlo por la borda de un modo tan pueril.
Asumió su inmadurez, volvió por casa a buscar abrazos, y de nuevo pasaron semanas sin llamadas... y me dijo aquello de "eres demasiado buena para mí", "no puedo hacerte feliz", "quiero lo mejor para ti, y eso no soy yo".
En fin, ni contigo ni sin ti. Mientras tanto, mi cabeza giraba, intentando darle un nuevo rumbo a la vida, pero al mismo tiempo pendiente de esa puerta al pasado que no acababa de cerrarse.
El último episodio vino con nuestro aniversario, que, además, coincide con mi cumpleaños, hace pocas semanas. Un somero y cordial mensaje en un día emocionalmente tan significativo, me hizo maldecirlo y me llevó a una nueva crisis. Aquello era radicalmente definitivo. Dos días más tarde viene a casa a recoger correo y me suelta un "te quiero a como una amiga". Adiós, que te vaya bonito, sólo eso pude decir.
En fin, así están las cosas. Todavía tengo el tic de mirar el móvil (cada vez menos) y los amaneceres me queman de recuerdos. Definitivamente, no puedo ser su amiga.

rojas dijo
El comportamiento de tuchico me recuerda al de mi ex. Sin embargo, creo que tú deberías tomar la misma decisión que yo he tomado, es decir, pasar en soledad mi pena, sin que ella se dé cuenta y teniendo presente que esa historia se acabó. Por muy bonita que haya sido tenemos que poner nosotros el final.
Desde aquí te ofrezcomi rincón para que cuentes todos tus sentimientos y para que expulses lo que necesites, pero siempre mostrando serenidad y decidida firmeza ante tu ex. Animo, por lo poco que conozco de ti estoy seguro de que mereces mucho la pena y que por lo tanto te mereces ser feliz, y no ser una opción altenrativa de tu ex. Expúlsalo de tu vida y abre tu corazón a otras posibilidades, seguro que encuentras a chicos que te hagan aún más feliz
20 Abril 2006 | 07:34 PM