Nadie hubiera dado un duro por nuestra relación. Ni yo misma hace 12 años. Él, expansivo, impulsivo, sociable hasta la desesperación, dependiente, soñador, ingenuamente optimista. Yo, anti-convencional de mente ordenada, disciplinada y escéptica, pies en la tierra y mirada infantil, tímida, esquiva. Se fue introduciendo en mi vida como una bocanada inmensa de aire fresco. Fue un invasor implacable de mis tiempos y de mis espacios; con una perseverancia infinita, acabó habitando en todo mi centro y se convirtió en una fuente de afecto constante, segura, inagotable. Durante años, fuimos un sistema que se autocorregía: él, encendiéndome las mechas del entusiasmo, el movimiento y la risa; yo, moderando sus excesos naif y recomponiendo sus fragmentos después de los frecuentes planchazos con la realidad.
Éramos piezas opuestas, pero encajadas por el apasionamiento, la intimidad, los proyectos... ¡Ay, los proyectos! Seríamos felices, viajaríamos, tendríamos hijos, construiríamos castillos y jugaríamos con las nubes.
Luego vinieron tormentas externas e internas, escollos difíciles, pruebas duras, aplazamientos forzados. Y, durante años, los proyectos se quedaron en eso: proyectos que existían como promesas agazapadas. Llegó el momento de darles forma: agosto de 2005 (dicen que es el mes de las separaciones)y una decisión: se acabó. Los proyectos se había quedado mustios esperando en el cajón y, al parecer, a él (que era la cara incombustible de la ilusión), esas cosas ya no le ilusionaban. Rondaba los 40 años y tener una casa le parecía una vulgaridad; tener hijos, un exceso de responsabilidad. La rutina era aburrida y el futuro jugando con las nubes, simplemente, no era emocionante.
La caja de Pandora estaba a reventar y cayeron rayos y centellas. Lo compartíamos todo, me quería, le quería, no había terceros... pero me pareció obvio que aquel barco naufragaba. De repente, ya no tenía dentro a ese ángel entusiasta, afectuoso, generoso... En ese momento tuve la visión de un ser inmaduro, egoísta, simplón, una caricatura burda de vodevil.
Mis juguetes quedaron destrozados. Llevaba años preparando en la imaginación mis sueños... Pero no.
Un mes para pensar... Pero no.
Ahora, siete meses más tarde, me duele a rabiar su falta. O quizás no es eso... Es la falta de eso que tuvimos y que compartimos y que nos hizo crecer juntos. Decididamente, no puedo ser su amiga.
Hola Amandi, al igual que tu, tambien he pasado por el blog de Separandome, y al igual que vosotros, yo recien inicio el camino.
Lloro por tan buenos momentos perdidos, y por las tres joyas de hijos que tenemos. Tan solo estabamos juntos 6 años, todo nos fue muy rápido, quizas, seguro, corrimos demasiado.
Suerte y ánimo, que a mí tambien me dicen que esto solo es pasajero...
Te he leído y bueno me parece muy acertada la decisión de abrir este espacio y de aprovechar para exponer tus sentimientos y las cosas que te están pasando por la cabeza en estos momentos. Creo que ya vas por el buen camino. Piensa que tu separación será más fácil gracias a la ausencia de hijos. Así, espero tener la oportunidad de seguir conociendo de ti y de tu vida. Seguro que si eres aplicada y te tomas esto como una manera de ir reflexionando vas a encontrar placeres. A mí me está sirviendo de mucho la posibilidad de escribir. Nos vemos...
Estás en el camino, no te repetiré lo que oirás una y otra vez sobre el tiempo y las heridas... Muy a mi pesar he comprobado que ese dicho tiene razón, no las cura pero las disimula!!! Animo y sigue, este mundo no se para!!! Un abrazo.
Aprovecha esta oportunidad para hacer realidad cosas que antes pensabas que eran impensables. Aprende a conocerte y busca el lado bueno de la separación, que aunque no lo creas hay muchos.