Cuánto tiempo sin hurgar en este espacio. Volver aquí me produce la inquietud de esas cosas esenciales e íntimas que nos revuelven. Estar aquí, con la tristeza en las sienes una vez más, me recuerda que hay nudos difíciles de desatar, que el pasado se agarra a la piel empozoñándolo todo, el muy cabrón, hiriéndome el orgullo, castigándome a un rincón.
Ironías de la vida. Hace unos días recibí un correo de un lector de este blog, que, en plena separación, está viviendo esa especie de sinsentido, frío, cruel,que nos vapulea cuando se acaba el "nosotros".
Yo llevaba meses aparentemente en el buen camino, haciendo mis ejercicios, ordenando mis álbumes, reconciliándome con mi pasado. Así que, muy animosa, le respondí con un cantarín "todo pasa". Se sufre, le dije, pero mírame a mí. Tantos meses he llorado y he sido incapaz de imaginar mi vida sin él... Y ahora siento que me fortalecido, que me he hecho más autónoma, he conocido gente nueva, he hecho cosas a las que nunca me hubiera atrevido si hubiese seguido a su lado. No se puede evitar el dolor, pero ten por seguro que, a la larga, todo lo verás de un modo distinto.
Eso le dije.
Un día más tarde, mi ex aparece en mi trabajo. Eufórico, con esa euforia cuasi-maníaca que le he visto a lo largo de estos meses, y que me hacía pensar que, en el fondo, las cosas no iban bien. Un beso cordial de amiguetes-buen rollo. Me compro un piso, dijo agarrándose a una cocacola que, al parecer, le infundía valor. Las piernas me temblaron, y eso que estaba aún en el primer asalto.
Tengo novia. Me caso.
Feroz, implacable, el vértigo continúa... y yo haciéndome añicos. A estas edades uno no puede pensarse mucho las cosas, dijo. Un puñetazo en las entrañas. Un piso es un patrimonio... Me desplomo.
Seguí con la mirada fija, mirando el vacío, puesta la media sonrisa, los dedos entumecidos. Como una estatua de cristal, me caí, sentí el precipicio mientras continuaba mirándole sin dar crédito. Una vez más. Un paso atrás.
Hoy lo odio. Me produce náuseas pensar en él, como si realmente, de una vez por todas, ahora fuese un elemento tóxico, y tuviese que ser expulsado de mi cuerpo. Y todo eso sabiendo, que, ante todo, me estoy odiando a mí. Por haberme creído tantas palabras huecas sobre mujeres especiales que sólo pueden evocar amores eternos.
Yo, la insustituible, había sido lanzada, en muy pocos meses, al pelotón de lo prescindible. Mientras yo acariciaba la caja de los recuerdos, y lloraba la ruptura de nuestros proyectos, y rumiaba, comprensiva, sobre su incapacidad para un compromiso maduro, estaba siendo reemplazada por alguien que, al parecer, con un chasquido de dedos, había sido capaz de ilusionar y encender un mundo de camisas planchadas, carritos con bebé e hipotecas compartidas. Estaba preparada para asumir que durante años había sido la pareja de un hombre con vocación de Peter Pan, pero no estaba preparada para esto.
Le costó decírmelo. Ahora sé que muchas personas en mi trabajo conocían la noticia, y estaban expectantes ante mi reacción; como el público de los realities, ansioso por conocer la respuesta de la mujer despechada, que pasó de ser mágica y admirable, a ser material de segunda, carne de frustración y olvido.
Cuántas veces había oído hablar de estereotipos de hombres que ponen excusas para el compromiso y que, al poco tiempo, acaban comprometiéndose con otra mujer. De hombres que pasan de la adoración a la indiferencia en un tris. De hombres con palabras infladas y propósitos vacíos. De hombres sin palabra. De hombres sin memoria. Siempre los percibí como estereotipos. Ahora sonrío con amargura pensando que he sido una mujer típica con un hombre estereotípico.
En fin, querido Aeroplano, no dejes de hacerme caso: el tiempo suavizará mucho las cosas. A pesar de todo, asume que habrá pequeños retrocesos, sutiles mordiscos en la autoestima, sorpresas que te harán reconstruir tu visión de ti mismo y de los demás, vientos huracanados que te harán soltar alaridos. Y, sin embargo, volverás a estar abierto al mundo.