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Terra
La Coctelera

Cómo decirte

Cómo decirte que no me interesa. Que no. Que no quiero saber de tu vida, de tu familia, de tu mujer. No quiero saber de tus proyectos, ni de tus domingos, por más que andes por aquí dentro como un bucanero vil, rociando de gris-lluvia mis noches. Que no quiero verte. Que me ciega ese anillo grotesco y ese reloj de capo desubicado y ese aire de hombre honorable, como todos, cabeza asentada y sonrisa tonta.

Que, pese a todo, aturdida por ese resplandor de quincalla cara, donde bailan vestidos blancos, canapés fríos, suegras diligentes y lazos fucsia, adivino un hilo de ternura que me agita y que me devuelve al desierto de los no-entiendo, qué-debería-haber-hecho, cómo-pudo-sucederme-a-mí.

No quiero verte. Que no entiendo nada. Qué fácil, Dios, es el reemplazo de las ilusiones más sinceras, cuánto desengaño, qué pronto se puede dejar de querer.

Vete ya, joder.

Un paso atrás

Cuánto tiempo sin hurgar en este espacio. Volver aquí me produce la inquietud de esas cosas esenciales e íntimas que nos revuelven. Estar aquí, con la tristeza en las sienes una vez más, me recuerda que hay nudos difíciles de desatar, que el pasado se agarra a la piel empozoñándolo todo, el muy cabrón, hiriéndome el orgullo, castigándome a un rincón.

Ironías de la vida. Hace unos días recibí un correo de un lector de este blog, que, en plena separación, está viviendo esa especie de sinsentido, frío, cruel,que nos vapulea cuando se acaba el "nosotros".

Yo llevaba meses aparentemente en el buen camino, haciendo mis ejercicios, ordenando mis álbumes, reconciliándome con mi pasado. Así que, muy animosa, le respondí con un cantarín "todo pasa". Se sufre, le dije, pero mírame a mí. Tantos meses he llorado y he sido incapaz de imaginar mi vida sin él... Y ahora siento que me fortalecido, que me he hecho más autónoma, he conocido gente nueva, he hecho cosas a las que nunca me hubiera atrevido si hubiese seguido a su lado. No se puede evitar el dolor, pero ten por seguro que, a la larga, todo lo verás de un modo distinto.

Eso le dije.

Un día más tarde, mi ex aparece en mi trabajo. Eufórico, con esa euforia cuasi-maníaca que le he visto a lo largo de estos meses, y que me hacía pensar que, en el fondo, las cosas no iban bien. Un beso cordial de amiguetes-buen rollo. Me compro un piso, dijo agarrándose a una cocacola que, al parecer, le infundía valor. Las piernas me temblaron, y eso que estaba aún en el primer asalto.

Tengo novia. Me caso.

Feroz, implacable, el vértigo continúa... y yo haciéndome añicos. A estas edades uno no puede pensarse mucho las cosas, dijo. Un puñetazo en las entrañas. Un piso es un patrimonio... Me desplomo.

Seguí con la mirada fija, mirando el vacío, puesta la media sonrisa, los dedos entumecidos. Como una estatua de cristal, me caí, sentí el precipicio mientras continuaba mirándole sin dar crédito. Una vez más. Un paso atrás.

Hoy lo odio. Me produce náuseas pensar en él, como si realmente, de una vez por todas, ahora fuese un elemento tóxico, y tuviese que ser expulsado de mi cuerpo. Y todo eso sabiendo, que, ante todo, me estoy odiando a mí. Por haberme creído tantas palabras huecas sobre mujeres especiales que sólo pueden evocar amores eternos.

Yo, la insustituible, había sido lanzada, en muy pocos meses, al pelotón de lo prescindible. Mientras yo acariciaba la caja de los recuerdos, y lloraba la ruptura de nuestros proyectos, y rumiaba, comprensiva, sobre su incapacidad para un compromiso maduro, estaba siendo reemplazada por alguien que, al parecer, con un chasquido de dedos, había sido capaz de ilusionar y encender un mundo de camisas planchadas, carritos con bebé e hipotecas compartidas. Estaba preparada para asumir que durante años había sido la pareja de un hombre con vocación de Peter Pan, pero no estaba preparada para esto.

Le costó decírmelo. Ahora sé que muchas personas en mi trabajo conocían la noticia, y estaban expectantes ante mi reacción; como el público de los realities, ansioso por conocer la respuesta de la mujer despechada, que pasó de ser mágica y admirable, a ser material de segunda, carne de frustración y olvido.

Cuántas veces había oído hablar de estereotipos de hombres que ponen excusas para el compromiso y que, al poco tiempo, acaban comprometiéndose con otra mujer. De hombres que pasan de la adoración a la indiferencia en un tris. De hombres con palabras infladas y propósitos vacíos. De hombres sin palabra. De hombres sin memoria. Siempre los percibí como estereotipos. Ahora sonrío con amargura pensando que he sido una mujer típica con un hombre estereotípico.

En fin, querido Aeroplano, no dejes de hacerme caso: el tiempo suavizará mucho las cosas. A pesar de todo, asume que habrá pequeños retrocesos, sutiles mordiscos en la autoestima, sorpresas que te harán reconstruir tu visión de ti mismo y de los demás, vientos huracanados que te harán soltar alaridos. Y, sin embargo, volverás a estar abierto al mundo.

Ellos

Hasta ahora nunca había percibido el mundo en términos de hombres y mujeres. En muy pocas ocasiones me había parado a pensar en las diferencias que quizás existan en estilos de afrontar los problemas, en formas de ser feliz, en formas de amar, en vías para olvidar. Soy consciente de que muchas revistas (especialmente las llamadas "femeninas") y muchos libros de divulgación han disertado sobre "los hombres" y "las mujeres". Y sí, claro que he oído chistes y estereotipos sobre ello. Yo, sin embargo, en mi ingenua y torpe ¿pureza?, acostumbrada a competir en un mundo de hombres, rodeada y apoyada por hombres, pocas veces me había visto implicada en ese tipo de discursos generalizadores sobre "los hombres". De hecho, siempre me habían parecido discursos rancios... Había conocido a hombres tan sensibles como yo, y hombres amargos, y envidiosos, histéricos, asustadizos, responsables, entregados, íntegros, banales, atormentados, quejicas... No, no hubiera sabido decir cómo son los hombres.

Ah, pero llegó la separación. Y de pronto me vi envuelta, una y otra vez, en conversaciones de mujeres repasando sus experiencias sentimentales. La etiqueta "los hombres" despuntaba constantamente, y se buscaban semejanzas en reacciones de hombres aparentemente tan diferentes. De repente, todos parecían iguales. Yo analizaba el comportamiento de mi ex- y... de un modo sutil, pese a mis resistencias, me fui deslizando y empecé a preguntarme si quizás los hombres viven el amor y el desamor de un modo distinto.

¿Olvidan los hombres con más facilidad? Mientras las mujeres rumiamos, revisamos, recordamos, elaboramos, pasamos página con dedos lentos y temblorosos... ¿qué hacen los hombres? ¿buscan distracción? ¿evitan sufrir? ¿corren en busca de alternativas?

Qué extraña esta categorización burda entre "ellos" y "nosotras". A lo largo de estos meses, el mundo de los blogs me ha dado la oportunidad de oír voces bellísimas de hombres de a pie que relatan su ruptura, sus conflictos internos, su rasgarse por dentro. Algunos de ellos, que se han paseado por aquí con la mirada tierna, sin duda me han entendido, y han compartido conmigo sus desventuras, y me han ofrecido abrazos virtuales y me han dado el calor de su empatía...

¿Realmente somos tan diferentes?

Y ahora qué

Lo malo de separarse no es sólo la sensación de abandono, el desamparo, la soledad. Ni la sensación de que nunca podremos mirar de frente al pasado, porque nos quemará. Tampoco es sólo el vacío, el sentimiento de pérdida, la desilusión dibujada en la cara. Ni esa caja de recuerdos que me revuelve hasta la náusea.

Estos días pienso en otra dimensión de la separación, más ligada al futuro: Temo perder la ilusión, dejar de creer en los demás, perder la capacidad de amar con todas las letras. Temo estar de vuelta de las cosas, no poder abandonarme sin un ojo alerta, convertirme en un animalito inseguro y resentido.

Y los errores... También pienso en las posibilidades de repetir los mismos gestos, tropezar con las mismas piedras.

Lo peor de separarse no son los proyectos frustrados. Lo peor es el equipaje, ese lastre turbio que se va colocando sobre la espalda.

¿Qué coño hago con los recuerdos?

Recuerdos asesinos. ¿Qué debo hacer con estos recuerdos que se empeñan en merodear por mi cabeza todas las mañanas? ¿Qué significan, qué buscan? Recuerdos de momentos dulces, de besos ilimitados, de risas, también recuerdos de palabras mal pronunciadas, de gestos que quizá debí reprimir... ¿Por qué insisten en pegarse a mí? ¿Son restos de amor o pura nostalgia? ¿Les doy rienda suelta o me echo a correr? Dios, cómo duelen.

¡Un año!

Va un año, sí. Y la cosa, por lo que veo, aún está cruda. Parece mentira que sea un año y que yo aún esté en este punto, enredada en los recuerdos, con tu sombra bailando por aquí a todas horas.

Es que no te lo mereces, tío. Estoy segura de que tú no estás enfermo de melancolía ¿verdad? Hoy he sabido de ti. Me han dicho que estás en fase pletórica, eufórico; no he querido saber más, pero parece que todo OK; la vida es sencilla, fiesta, piscina... ¡venga esa cerveza!.

Yo me despierto contigo, viajo contigo, repaso los vacíos cada día, últimamente hasta me culpo de no haber dado lo suficiente. Por supuesto que tú no serás tan estúpido como yo, y no te harás pupa. Ya sabemos que tu religión te hace alérgico a la incomodidad y el dolor. ¿Que algún recuerdo hiere? Se espanta y adiós, tan ricamente, faltaría más.

Ya ves que aún no estoy curada de nuestra separación. Y bien que lo siento. Creía que un año sería más que suficiente. Me gustaría decirte que me alegro de que estés tan feliz, que yo también lo estoy y que fuimos inteligentes al tirar a la basura 11 años de proyectos. Joder, pero no puedo.

Estos días he revivido momentos de hace un año. ¿Te acuerdas cuando cada día tomabas una decisión distinta? Un día me veías como una amiga, al día siguiente te planteabas volver a los 15 días, luego un mes, luego tengamos un hijo pero sin sufrir, que yo quiero una vida divertida, más tarde qué tal pasión pero sin comprometernos... Que sí, que no, que no sé. Mientras, yo no daba crédito. ¿Dónde estaba el que me adoraba, el que no podía vivir sin mí, el que me quería como la tierra al sol? Qué poquito espacio ocupaba en ti, cuánta palabrería, qué liviano era todo ¿no?

Bueno, colega, llama cuando quieras; igual tengo sustituta y ya te importa un pimiento esta pequeñita a la que cargaste de ilusiones para luego desinflarla en el momento preciso. Carpe diem.

Verano

Es increíble cómo ciertas épocas pueden evocar los recuerdos más ocultos, aquellos que aparentemente estaban ya almacenados, ordenados, bien cicatrizados en la memoria. El verano invita a disfrutar en plenitud. Días dulces en los que hemos vivido momentos plácidos. Algún día de verano posiblemente todos hemos visto, frente a frente, a una vida sonriente, generosa, que nos abrazaba y nos mecía, tan prometedora ella...

Hoy es verano. En el corazón del verano me asaltan sabores de otros tiempos, cuando yo fluía al ritmo del sol, porque el sol me pertenecía... y yo me dejaba querer, y tenía toneladas de ternura para mí sola, y el futuro se abría ante mí, expansivo y locuaz. Recuerdo un viento tan feliz y entusiasmado que me desbordaba... y yo me dejaba llevar. Entonces iba de la mano de una alegría transparente, infantil, que simplemente me impregnaba toda, toda. El verano era una road movie de autopistas íntimas, libres, ilimitadas, de emociones intensas, atardece en Tarifa, qué rico pastel de nata, huele a tamboril.

Hoy es verano y tengo huecos. El viento se ha vuelto hosco y yo he bajado de todas las cumbres, incluida la de la inocencia. Qué árido se ha vuelto el paisaje, quién habrá quemado tanta ilusión. A la melancolía a veces se suma la culpa, esa villana infame, que consigue colarse en mi casa para recordarme que no hay sentimientos incombustibles, que todos los besos son perecederos, las caricias no tienen el antídoto contra la fatiga. Y los sueños... sueños son.

Aún no me he puesto ninguna coraza. Siempre me gusta caminar a cuerpo descubierto. Me dejo acariciar por el sol y les devuelvo sonrisas a las brisas nuevas. Ya no voy de la mano del entusiasmo, ni me apoyo en el hombro de la alegría. En realidad, no me apoyo en ningún hombro. Cuando me canso, sólo me siento a ver el mar, intentando adivinar cuántas risas se podrán atrapar en aquel horizonte rojizo...

Ex en apuros

Mi ex está en apuros. Tiene problemas. Problemas en el trabajo, problemas consigo mismo, problemas de ubicación en la vida, problemas de desconcierto y desánimo... Problemas. Siempre tengo noticias de él cuando hay problemas. Cuando la vida se le hace soportable, parece que quedo desplazada de su campo personal; no sé nada de sus risas, ni de sus proyectos más optimistas, ni de sus momentos claros. Se ve que en esos momentos no existo. Pero si aparecen las sombras, necesita mi palabra, mis abrazos...

No me gusta ese papel. No quiero ejercer la función de madre-refugio, muro de lamentaciones, lamedora de heridas. Es un papel que me pone en una situación difícil. Soy lo suficientemente sensible para que me duela su dolor, pero, al mismo tiempo, siento que esos ya no son mis asuntos, o no deben serlo. Al fin y al cabo, yo llevo meses lidiando con mis problemas; el malestar vital, sentido en soledad, es un peaje más en esta decisión que hemos tomado.

Pero ¿cómo no implicarme si ha formado parte de mí? ¿cómo darle la mano sin que el contacto nos confunda? ¿cómo se camina en esta cuerda floja tan delicada? Hoy me resultó difícil no dejarme arrastrar por la química. Los rescoldos están ahí, vaya si están. Están el olor, manos impacientes, labios húmedos. Un par de abrazos, besos que queman, y un escalofrío recorriéndome la espalda.

Cuando se fue, me quedé cabizbaja, observando como los nudos de siempre iban tomando posiciones dentro de mí. En la calle atardecía, y yo, sola otra vez, me eché a correr por el parque huyendo de mis fantasmas.